24 de noviembre de 2006

Variaciones 2

Lanzó la estopa con energía sobre el piso. El salpicón de agua llegó hasta la pared bicolor y quedó chorreando en gotas gruesas, sucias. Con la determinación habitual, casi perdida en un mar de cotidianidad, asió el mango del trapeador y untó el suelo, de izquierda a derecha, con aromas florales. El viejo reloj de agujas marcaba unos largos quince minutos pasadas las ocho de la mañana. El tiempo transcurría apacible y callado durante las horas de clase. Trató de afanarse en las esquinas, pero sólo alcanzó a arrastrar la vieja estopa como un caracol cansado, dejando una estela de humedad medio podrida en el ancho pasillo. Si se apuraba lograría terminar antes del timbre de las nueve de la mañana. Si conseguía finalizar a tiempo su trabajo, el pasillo se secaría antes de que las decenas de pies llenos de mugre comenzaran a dejar manchas en su obra de arte. Ese pensamiento le dio la suficiente fuerza para afincarse sobre el palo del trapeador y limpiar con decisión. Se detuvo de pronto pues oyó unos pasos a la carrera. A sus espaldas, por el camino húmedo, recién liberado del polvo y el mal olor, alguien venía corriendo. Ese sonido lo hizo sentir incómodo, pero trató de no levantar la vista del amasijo de fibras de la vieja estopa, y aunque le resultó una tarea extremadamente difícil lo hizo con disciplina. Los golpes de los tenis contra el suelo le treparon hasta los oídos como unos pequeños demonios atormentadores. Se volteó y miró sobre su hombro sin dejar de trapear. Era un muchacho flaquito, que venía desbocado, con los cabellos como flamas alejándose de su cabeza, hacia atrás, donde sus zapatos estaban dejando gruesas huellas de sucio sobre la estela del caracol. Agitó con furia la estopa y pasó por su mente la idea reprensible de atravesarle al muchacho en el camino el trapeador con todo y sus brazos, y sus piernas, y su cuerpo, y sus intenciones... pero se contuvo en el último minuto. El chico pasó zumbando. Saltó entre el palo y la pared. Por un momento, estando en el aire, se apoyó sobre la porción verde brillante de la pared y al instante siguiente ya doblaba la esquina utilizando los brazos como contrapeso, el morral colgando en dirección contraria. Había pasado el vendaval, así que levantó la estopa y la volvió a sumergir en el balde, removió arriba abajo aquella suciedad como si estuviera pilando maíz y luego exprimió los trapos sucios. Fue entonces cuando escuchó el episodio final de aquella carrera en un sonoro frenazo de goma que queda pegada al cemento. Si apresuraba su agenda no se habría perdido nada. Sacó la estopa chorreante y se aplicó sobre el sendero de huellas que venían desde la entrada hasta la esquina. Nunca nadie había hablado mal de su trabajo.

1 comentario:

Ermanno Fiorucci dijo...

Dramático, y muy sugestivo, tristemente sugestivo, oir el frenazo y acto segudo coletear las huellas...¡y aquí no ha pasado nada!
Tu sabes a mi me pasó algo parecido, algunos años atrás: un carro me pasó volando por la derecha,mi reacción inmediata fue gritar "Ojalá te descoñetes cabrón"... Un par de kilómetros más adelante el carro vuelto leña estaba estacionado en el Guaire. ¡Estuve una semana sin dormir bien!